Murieron dos
periodistas y hay tres heridos. EE.UU. alegó que
respondió fuego enemigo, lo que fue negado por
los corresponsales. Horas antes, había caído
un camarógrafo en otro ataque a Al Jazeera.
Gustavo Sierra
Enviado Especial de Clarín a Irak
Escribo la
nota más triste de mi vida. Acabo de ver morir
al gallego Couso. El cámara de Telecinco de Madrid.
Luchó hasta el final. Salió de tres paros
respiratorios. Pero al final se fue. Se fue con el ucraniano
Taras Protsyuk, otro camarógrafo, de Reuters, y
el jordano Tarek Ayub, de la cadena de televisión
árabe Al Jazeera. Los tres murieron ayer cubriendo
la guerra más sangrienta para los periodistas en
toda la historia. Hubo además tres colegas heridos.
En 20 días de conflicto, cayeron once reporteros.
José
Couso estaba en el balcón de la habitación
1402 del hotel Palestine, grabando la ofensiva aliada
sobre el centro de Bagdad cuando fue alcanzado de pleno
por la metralla. Un piso arriba estaba Protsyuk, quien
murió poco después. Cayó contra los
vidrios de la ventana, con la cabeza destrozada. A Ayub
lo habían matado en otro lugar, en la casa desde
donde transmitía la cadena de Qatar y que estaba
justo entre los dos puentes del centro que se disputaron
durante toda la mañana los tanques estadounidenses
y los milicianos iraquíes.
José
grababa desde el piso 14 el avance de dos tanques estadounidenses
Bradley en el puente de Al Yamuría, a unas 15 cuadras
del hotel. Dentro de la habitación estaba reportando
para la radio de la RAI italiana Ferdinando Pellegrini.
En la otra habitación escribía Jon Sistiaga,
el reportero de Telecinco.
Eran más
o menos las doce del mediodía. Veníamos
siguiendo una batalla espectacular desde hacía
cuatro horas. Los aviones A-10 Thunderbold cruzaban a
una velocidad increíble y se descolgaban cayendo
en picada y largando sus misiles sobre las posiciones
iraquíes. Los tanques escupían fuego de
una punta a la otra del puente. Los helicópteros
Apache sobrevolaban los barrios del sur y lanzaban misiles.
Se escuchaban las baterías antiaéreas iraquíes,
aunque con menor intensidad.
En nuestra
habitación, la 1602, Jorge, el camarógrafo
de la cadena mexicana Televisa, que estaba en la misma
posición en el balcón que da al Occidente,
había dejado en ese momento la cámara y
entró al cuarto. Olga Rodríguez, de Radio
Ser, estaba también en el balcón y se dio
vuelta al escuchar que sonaba su teléfono. En el
living había varios italianos, portugueses y mexicanos.
En el balcón de atrás filmaba Fernando,
de la española Antena 3. Yo estaba en el otro cuarto
preparándome para grabar un video para Clarín
Digital.
En el piso
intermedio, en la habitación 1502, estaban los
camarógrafos de Reuters. Allí había
otras cinco o seis personas trabajando. Las explosiones
se escuchaban lejos. Había en ese momento una tregua.
Los aviones pasaban rasantes y parecía que ya no
tenían blancos a los que tirar.
Fue en ese
momento cuando vino el boooooooommmmm impresionante, terrorífico.
La bomba que
veíamos desde días que caía sobre
tanta otra gente, esta vez estaba sobre nosotros. El golpe
me hizo tambalear. Miré los vidrios de la ventana
porque me pareció que habían estallado.
Estaba escuchando la caída de los vidrios del otro
cuarto y de los pisos de abajo. Vi pasar a Jorge corriendo
y gritando "¡Hay que bajar. Hay que bajar!".
Tuve un instante de duda. No sabía si apagar la
computadora o agarrar el satelital, pero el instinto de
supervivencia me llevó corriendo con todos los
otros.
Vi cómo
las chicas productoras de Antena 3 corrían desesperadas
y agarradas de la mano. Todos empezamos a bajar por la
escalera. Alguien que venía de más arriba
y pegaba unos saltos de a cuatro escalones a la vez, me
pasó por encima. Trataba de ver que todos estuvieran
ahí bajando, que nadie hubiera estado herido o
se hubiera quedado sin saber qué hacer.
En el piso
15 vi al italiano Ferdinando que gritaba. Le dije "¡Bajá,
bajá!" en mi porteño más clásico.
El no me entendió y yo no le entendí a él.
Estaba pidiendo ayuda. En el cuarto de él estaba
José Couso tirado en un charco de sangre, con una
pierna partida en varios pedazos y el fémur al
aire. Le entendió Rafael de TVN de Chile. Corrió
con él y encontró a Jon Sistiaga tratando
de taparle la pierna a José con una sábana.
Gritaban pidiendo un médico en varios idiomas.
Cuando vieron que nadie los ayudaría, agarraron
el colchón donde estaba tirado José y salieron
corriendo para el ascensor. En el primero que se abrió
no pudieron meterlo porque ya estaban sacando al ucraniano
Protsyuk y a otros dos periodistas que tenían heridas
más leves. Cuando
llegamos abajo, después de correr los 16 pisos,
ya había decenas de colegas filmando y
tratando de saber lo que había pasado. Muchos estaban
en vivo en ese momento. La tragedia llegaba en tiempo
real a buena parte del mundo.
Vi pasar a
Jon y a otras personas que ya lo ayudaban a cargar a José.
"Es Couso, es Couso", gritaba otro compañero
español. "¿Quién más
cayó?", preguntó alguien. "Vi
a cuatro heridos". "Hay mucha sangre".
"¿Dónde está Eduardo?"
"¿Dónde está Ferdinando?",
se escuchaba decir casi al mismo tiempo. Salí
corriendo para ver desde abajo lo que había sucedido
y descubrí que el balcón donde habíamos
estado toda la mañana siguiendo la batalla, estaba
todo agujereado. Se veían grandes pedazos desprendidos
de concreto. Lo mismo en los dos pisos más abajo.
Del otro lado, del que estaba José, los balcones
estaban destrozados. Los agujeros se veían sobre
las paredes, las barandas y las ventanas de los costados.
Cuando subí, más tarde, los vi llenos de
vidrios y pedazos de cemento y hierros retorcidos. El
de Reuters y el de Telecinco estaban llenos de sangre.
El nuestro estaba inundado porque Jousit Asker, el chofer
de Sky News de Inglaterra, que había visto cómo
se prendía fuego la cámara de Televisa,
había forzado la puerta para apagar el incendio.
Couso ya estaba
rumbo al hospital. Lo llevaban Jon y Jorge, el mexicano.
Dicen que José ni siquiera se quejaba, que les
preguntaba todo el tiempo qué les había
pasado y que preguntó por sus hijos. Sólo
pidió que le mantuvieran la cabeza levantada. El
ucraniano Proysyuk ya había muerto. Llevaron el
cadáver al hospital en una camioneta que salió
lenta. El conductor sabía que no había nada
por qué correr. A los otros
heridos los cargaron en autos. No se los veía muy
graves.
Fue cuando
nos aflojamos y empezamos a llorar, a gritar y a maldecir
a todos los hacedores de la guerra. Se me acercaron varias
cámaras y me preguntaron de dónde habían
venido los disparos. Les dije que no sabía, que
me parecía que provenían de detrás
de unos edificios cruzando la avenida Sadoun, pero que
no tenía idea de lo que había pasado, más
allá de que habíamos recibido unos impactos
muy fuertes. Se me acercó Udai, el jefe de la oficina
de propaganda y censura del régimen iraquí
y me increpó delante de todos porque no culpaba
directamente a los estadounidenses. No sabía ni
siquiera de qué me estaba hablando. Un colega inglés
se me acercó y me sacó del lugar. "No
les contestes, están locos", me dijo. Un rato
más tarde, apareció alguien diciendo que
el Pentágono había admitido que uno de los
tanques, en el puente, había disparado al hotel
porque desde el edificio habían recibido fuego
de francotiradores.
En el Palestine
hay 300 periodistas desde hace veinte días y ninguno
de nosotros jamás vio a nadie armado fuera del
lobby del hotel y nunca se vio ninguna evidencia de que
desde allí pudieran estar operando algunos milicianos
y mucho menos soldados del ejército iraquí.
Además, si estaban en el techo ¿para qué
dispararon a los pisos 14, 15 y 16, bastante más
debajo de la terraza a la que se accede desde el piso
20?
Cuando llegué
al hospital, tras hablar con mi familia, con Marcelo Cantelmi,
mi editor, con nuestro corresponsal en Roma, Julio Algañaraz
y con Magdalena, en Radio Mitre, José había
salido de la operación. Le habían amputado
la pierna derecha, pero estaba estable. Estábamos
fuera de la sala de operaciones y podíamos ver
por una ventana. De pronto empiezan a correr los médicos
y las enfermeras. José estaba teniendo n paro.
Unos minutos después, salió una enfermera
y dijo que las cosas no estaban bien. Veíamos a
los médicos haciéndole respiración
y golpeando el pecho muy fuerte. Otra enfermera nos sacó
unos metros del lugar. Y vimos salir a los médicos.
Le dijeron a Jon que lo sentían mucho que habían
luchado hasta el final y el jefe se puso a llorar con
nosotros. Eramos cinco o seis hispanos en el medio del
pasillo llorando por José. Rodeados por decenas
de iraquíes que estaban en la misma situación.
Los heridos y los muertos no habían dejado de entrar
en ningún momento.
Cuando salimos
llegaron otros dos autos llenos de heridos y muertos.
Una mujer gritaba como loca. El que parecía su
marido y quien podría ser un hijo estaban muertos
y sus cuerpos destrozados.
Traté
de quedarme con la imagen más feliz de José,
la de hace dos noches, cuando no podía parar de
reír mientras cantábamos una canción
mexicana a la que Fernando, de Antena 3, le había
cambiado la letra. Era un gallego, hecho y derecho. Tenía
una cara redonda y cejas gruesas, pero su contextura era
pequeña. Tenía el pelo cortado casi al ras
y unas patillas muy modernas que terminaban en punta casi
en el medio del pómulo. Era un tipo fino. Fumaba
de una manera bastante particular. Tomaba el cigarrillo
con los dos dedos y no entre los dedos como casi todo
el mundo. Le encantaba el tequila. Se divertía
mucho con los latinoamericanos. Nuestros modismos, y muy
en particular los de los mexicanos, lo hacían reír
con la boca abierta y amplia. Le aparecía una cara
casi de un payaso que transmitía felicidad.
Tenía
37 años y dos hijos. Cuando hablaba de su mujer
decía "mi chica". Se llevaba perfectamente
bien con su compañero Jon. Y cuando nos reuníamos
cada noche los 20 o 30 periodistas hispano-luso-italianos
en la "cantina mexicana" (nuestra habitación)
o en la "taberna española" (la habitación
de Antena 3) él siempre llegaba con alguna botellita
bajo el brazo y con la mejor de las sonrisas me palmeaba
o me daba un beso y me decía "¡Qué
dices, argentino!". Nos hacía felices. Lo
despedimos al caer la tarde. A alguien se le ocurrió
y los 300 periodistas nos reunimos en el jardín
del hotel desde donde transmiten en vivo las cadenas internacionales
de TV. Fuimos con velas y, en el medio de un mutismo absoluto,
las prendimos y guardamos varios minutos de silencio.
Después, las pusimos arriba de una tabla y las
dejamos ahí hasta que el viento las fue apagando.
Ni una bomba, ni un avión, ni un ruido. José
se había ido y Bagdad lo despedía con una
tregua.